a cambio de pulgares arriba,
señalando lo alto de una caída
que se precipita inminente,
ante la falta de escrúpulos
y frivolidad
de alguien con demasiados amigos
y demasiados pocos libros
en la mesilla de noche.
Amaneceres ciclotímicos
y cafés con sacarina
mientras eligen vestuario
antes de que comience la función.
Y una mirada oscarizada
que delata la falta de comprensión
ante un jugo de esencia
exprimida
superlativatívamente cítrico
para sus papilas.
Citas celebres
arrojadas en pozos de ignorancia
y un falso amor por la generación literaria
que hablaba de amores crudos
sexo promiscuo
y altas dosis de realidad.
Vivimos en la generación
de la inteligencia efervescente,
que se desvanece como una bocanada
de humo seco,
en la mesa de una cafetería
donde un hombre y una mujer
intentan impresionarse mutuamente.
Ya no se corre la tinta
en una hoja de papel.

