lunes, 30 de junio de 2014

Como el fuego.

Me sentía un niño
delante de la chimenea
con la barbilla sobre las manos
y la mirada fija, inmóvil,
en el fuego.

Ardiendo salvajemente
abrasando todo lo que encontraba a su paso
estallando por los aires las esquirlas de madera vieja
en varios colores
azul, verde, añil, violáceo, amarillo, naranja
rojo.

Resonando con fuerza los chasquidos de las betas
mientras los troncos supervivientes se partían por la mitad
y los trozos se derrumbaban sin orden aparente
en un simple caos,
asombroso
hipnotizante
mágico.

Y yo seguía mirando
petrificado
atrapado por su llama,
su ligero tintineo,
su movimiento frágil, elegante
y sin la menor intención de irme de allí
y volver a casa.

Menos es más.

El amor es para los necios
para los de la servilleta en las piernas
los de las camisas de domingo
y los zapatos recién encerados.

Para los que parecen estar esperando algo
los que regalan rosas en los aniversarios
y se regalan el perfume del cartel publicitario.
Los que mastican con la boca cerrada,
beben combinados transparentes con cosas que flotan,
y cruzan por las rallas blancas.

Para los de restaurantes caros,
los que hablan de París sin conocer a Hemingway,
caminan como si alguien les estuviera observando
y dicen eso de..."cariño, me sientan bien estos pantalones?"

Para los que sonríen demasiado
y no hacen llorar lo suficiente.
Para los que no sudan de noche bajo las sábanas
ni dejan derretir los hielos sobre su espalda.

Los que gritan como si alguien les escuchara,
pasean de la mano con la otra en el bolsillo,
y sacan el paraguas cuando llueve.
Los que aparcan en línea o en batería
y ponen el ticket de dos horas.

Menos humo y más fuego

Menos besos en el parque
y más sustos por la noche.

miércoles, 25 de junio de 2014

Después.

Terminé el concierto, estaba empapado en sudor, la cabeza me daba vueltas y la mano derecha me sangraba, posiblemente de aquella botella de cerveza que abrí de un golpe contra el suelo.
Tenía la voz ronca, lo di todo, y la cerveza estaba muy fría, así que le di 3 ó 4 lingotazos a la botella de whisky que me había regalado mi representante. Era un gran tipo, algo maricón para alguien acostumbrado a echar de mi caravana a las mujeres  con las que me acostaba después de los conciertos.
Esa noche hacia frío, y yo seguía anestesiado por el alcohol y las anfetas, así que bajé del escenario sin ropa, eso les encantaba.
Mi camerino no era gran cosa, supongo que yo tampoco lo era, pero me sentía el rey cuando cogía la guitarra y ellas bailaban.
Y allí estaba, de negro, con tacones altos, lo suficiente como para no parecer un mujer baja a mi lado.
La rocé con el hombro, supongo que notó el sudor impregnado en su camiseta de los Doors. Apenas la miré, solía ignorar a las mujeres cuando iba borracho, eso les ponía cachondas.
Se llamaba Chloé, no me lo dijo, pero decidí llamarla así. Cuando cerré la puerta del camerino noté un escalofrío en la espina dorsal.
Los efectos parecían desaparecer. Miré por la mirilla para ver si seguía ahí.
Me encendí un cigarro, me senté en el suelo, apoyado sobre la puerta, y me lo fumé tranquilo. Creo que ella hizo lo mismo.
Cogí el paquete de Marlboro del suelo, y me fumé otro.
Escuché la chispa de su mechero al otro lado.
Me gustó. Me gustaba fumar. Me gustaba sentir a la muerte cerca de mi.
Miré el reloj. Eran más de las 2. Me tumbé en el suelo, boca arriba, mientras terminaba mi tercer cigarrillo. Me serví una copa, y con el vaso en la mano, abrí la puerta y allí estaba ella, apoyada sobre la pared del pasillo, mirándome, como esperando a que le invitase a entrar.
Lo hice. Tiré el vaso al suelo, le agarré de la cintura con el brazo izquierdo, y la mano derecha enmarañaba su melena negra mientras acercaba sus labios a los míos. No pronuncié una sola palabra, no me gustaba hablar, no había nada que decir. La besé, obligando a que abriera su boca para sentir su lengua con la mía. Tenía una boca inflamable. El cuerpo me ardía, pero tenía las manos frías.
Manché su camiseta de sangre, supongo que de la presión que ejercía sobre su espalda. Se la quité, la tiré al suelo. La cogí en brazos y la empotré contra el espejo del tocador. Las paredes eran de cartón, así que tembló todo el cuchitril.
No reconocí su tono de voz hasta pasados unos minutos, entre gemido y gemido.
Disfruté de aquel cuerpo enfermizo casi dos horas. Notaba el sudor cayendo desde el cuello, frío, helado.
Nos echamos sobre la cama de muelles que estaba pegada a la ventana. Entraba una ligera brisa por el marco de aluminio, se abrazó a mi, sentí el calor de sus manos en mi pecho. Nos fumamos un cigarrillo a medias. No dijimos nada, nos miramos, la volví a besar como si no volviese a verla.

Las anfetas y el whisky de Malta me habían abandonado, se levantó de la cama. Mientras se vestía, pude ver las marcas que le había dejado en la espalda, huella a huella, cada uno de mis dedos sobre su piel bronceada, pecaminosa, prohibitiva.
Su camiseta blanca manchada de sangre resbaló sobre su cuerpo desnudo, enmarcado en lencería negra, de encaje, se recogió el pelo, me miró, girando la cabeza, y deslizó una tarjeta sobre la cama.

Se marchó, y con ella mis noches en vela, mis cenizas de tabaco americano y mi alma podrida, cruda y negra.

Se cerró la puerta, me incorporé, y sólo pude terminarme la botella  y fumarme el resto del paquete.

T1 10:38

Equipaje de mano, pañuelo de seda
y esperando donde se abren las puertas
una familia nerviosa y ferviente
deseando abrazar al hijo que vuelve a casa.

Desde el mostrador 261
con traje azul y camisa blanca,
y un tono de voz insoportable y prepotente
pegando un sello en tu maleta llena de recuerdos,
sin la menor importancia.

Y al pasar el control de policía
sin más líquido que el de tu propio cuerpo
75% de agua, sangre y vísceras
el alcohol destilado de la noche anterior
y la bilis intragástrica, ácida, lava volcánica
por intentar olvidar los besos que te daba
húmedos, adictivos, cargados de metadona
endorfimas, y escalofríos al despertarte,
cuando te roza con su carne,
a las 8 en punto de la mañana.

martes, 24 de junio de 2014

El instante


Donde las manillas del reloj se paran
pero los taxis siguen recogiendo viajeros
y las nubes se mueven al compás del viento,
pasa alguien por tu lado,
desconocido callejero a estas horas de la noche
y esperas el momento en el que el mecanismo se acciona,
y la sangre se duplica en plena efervescencia
y saboreas el instante 
en la línea de fuego
en el que no importaría arder en llamas
y nunca,
jamás,
apagarte.

Campanario

Entre una humedad permanente
incesante
y altamente seductora
con ladrillo visto, devastado, casi derruido
y yo con zapatos nuevos
el pelo mojado
y la llamada lobuna acechando
esperando el momento
detrás del campanario
para clavarle las garras hasta que duela.