Era uno de esos días atípicos, desagradables. La luz natural se difuminaba entre una niebla anodina, sin ser lo suficientemente espesa como para forma un paisaje londinense, así que nos sentamos en la hierba, entre la bruma y el viento susurrante.
Ella llevaba esa trenza que tanto me gustaba, que le caía de forma pícara sobre su pecho izquierdo, marcando el camino hacia una línea casi prohibida, hipnotizante, solo aconsejada para un gran funambulista.
Estuvimos hasta tarde, hasta cuando le entraba el frío. No tenía nada con que abrigarla, así que fuimos caminando hasta el restaurante.
La cena no estuvo mal. La típica cena de dos, en pareja, en las que tienes que mantener la compostura y no mirar la falda corta de la camarera.
Me habría gustado flirtear con ella, pero ese día sólo podía llevarme una mujer a la cama. Tuve su liguero en mi cabeza hasta que terminé el postre.
Apuramos las copas, nos miramos, con complicidad, mientras la morbosa camarera vigilaba desde su atril. Me excité. Cogimos nuestros abrigos y nos largamos de allí.
Fumamos un cigarro a medias, yo lo estaba dejando, pero la tentación pudo conmigo. Seguramente habría cambiado aquel cigarro por montármelo con la camarera.
Paseamos hasta medianoche, pudimos sentir las campanas de la iglesia desde el portal. Antes del último tintineo ya sentí su lengua en mi boca.
El ascensor no pudo evitar la subida. Estaba muy caliente, y no paraba de dajármelo claro cuando metía su mano en mis pantalones. No pude evitar pensar en el puto liguero de la camarera, negro, de encaje, de seda.
Abrí la puerta tras varios intentos. Sus brazos apenas me dejaban movilidad, la suficiente como para poder andar. Antes de llegar a la habitación, le arranqué el vestido de algodón que ocultaba su cuerpo perfecto, joven, bronceado, de caramelo. Aquello pareció excitarle mucho más, y me arrancó la camisa, mientras los botones se disolvían en el aire para perderse. Aquello me jodió, me gustaba esa camisa, pero el momento lo merecía. Nunca olvidaré lo bien que le quedaba después de haberlo hecho.
Su piel me erizaba el hipotálamo, mi corazón bombeaba gasolina, y su perfume me provocada un estado de embriaguez enfermizo y desconcertante. No me habría inmutado si la muerte hubiera aparecido con su guadaña.
Cogí el paquete de tabaco que guardaba bajo la cama, al que siempre recurría en estas ocasiones, y nos fumamos, esta vez independientes, un cigarro cada uno.
No sabía quien era, no sabía lo que era, ni su nombre, ni su carrera, ni por qué sonría cuando le miraba las pecas, no tenía red social, ni identificación, ni cartera, ni tenía fotos con hastags, ni ninguna de todas las cosas que tenían las damas con las que yo trataba...
...y como si de la última calada se tratara, su figura se evaporó entre el humo del cigarro que había apagado minutos antes, mientras le miraba el cuello húmedo y su largo cabello levitando sobre su espalda.
No volvería a acordarme nunca más del liguero de la camarera.
domingo, 30 de marzo de 2014
jueves, 13 de marzo de 2014
Felizmente alcohólico
El otro día bebí whisky
con dos hielos
y una sombrillita que tenía su gracia,
incluso para aquel gaznate melancólico,
y pensé en lo mucho que me gustaba
pese a que ya era tarde, como siempre,
y empezaba a necesitar otra copa.
La camarera tenía un escote filarmónico,
la noche empezaba a animarse,
pero el hielo comenzaba a derretirse
y yo cada vez bebía más
más
más.
Me gustaba sentir el cristal de aquel vaso envejecido,
sobre mi mejilla derecha,
la que siempre ponía cuando ella salía del trabajo
y yo esperaba en el banco de la esquina
con otra botella de whisky en la mano.
Me pasé la mano por el bolsillo
y sentí que algo no había sido descubierto,
así que saqué aquello de lo que se tratara
y mis pulsaciones se aceleraron sin preguntar
era algo de opio, de la noche anterior.
Aquel papelajo me delató,
llamó a la puerta de mi subconsciente
con una 9 mm en la mano y una antorcha incombustible.
Era un trozo de la página que tanto le gustaba leerme
después dehacer el amor follar.
Mientras, la camarera se acercó a mi
me miró sin mirar,
desenroscó el tapón de una botella que ya me resultaba familiar
y me sirvió el último trago.
No fui capaz de sonreír, pese al agradable guiño que me habían dirigido
sus prominentes pechos.
Yo seguía pensando en la noche del 2 de marzo
cuando me arrancó el corazón
y me arrebató todo lo que quedaba de mi.
Todavía conseguía sostenerme,
estaba jodidamente cabreado,
pero no me importaba,
me dirigí a la calle que me llevaba de vuelta a casa,
paré en la pequeña licorería 24 horas
y compré la peor botella de whisky que encontré.
Giré la cabeza hacia el cristal
y vi como mi aspecto desaliñado se reflejaba en él
sonriendo como si nada importase,
y en ese momento
quizá por un halo de lucidez,
descubrí que era
felizmente alcohólico.
Ella seguía en mi cabeza
con una caja vacía,
para llenarla de la poca esencia que aún poseía,
pero YO tenía una botella de whisky
sin abrir
en la mano.
con dos hielos
y una sombrillita que tenía su gracia,
incluso para aquel gaznate melancólico,
y pensé en lo mucho que me gustaba
pese a que ya era tarde, como siempre,
y empezaba a necesitar otra copa.
La camarera tenía un escote filarmónico,
la noche empezaba a animarse,
pero el hielo comenzaba a derretirse
y yo cada vez bebía más
más
más.
Me gustaba sentir el cristal de aquel vaso envejecido,
sobre mi mejilla derecha,
la que siempre ponía cuando ella salía del trabajo
y yo esperaba en el banco de la esquina
con otra botella de whisky en la mano.
Me pasé la mano por el bolsillo
y sentí que algo no había sido descubierto,
así que saqué aquello de lo que se tratara
y mis pulsaciones se aceleraron sin preguntar
era algo de opio, de la noche anterior.
Aquel papelajo me delató,
llamó a la puerta de mi subconsciente
con una 9 mm en la mano y una antorcha incombustible.
Era un trozo de la página que tanto le gustaba leerme
después de
Mientras, la camarera se acercó a mi
me miró sin mirar,
desenroscó el tapón de una botella que ya me resultaba familiar
y me sirvió el último trago.
No fui capaz de sonreír, pese al agradable guiño que me habían dirigido
sus prominentes pechos.
Yo seguía pensando en la noche del 2 de marzo
cuando me arrancó el corazón
y me arrebató todo lo que quedaba de mi.
Todavía conseguía sostenerme,
estaba jodidamente cabreado,
pero no me importaba,
me dirigí a la calle que me llevaba de vuelta a casa,
paré en la pequeña licorería 24 horas
y compré la peor botella de whisky que encontré.
Giré la cabeza hacia el cristal
y vi como mi aspecto desaliñado se reflejaba en él
sonriendo como si nada importase,
y en ese momento
quizá por un halo de lucidez,
descubrí que era
felizmente alcohólico.
Ella seguía en mi cabeza
con una caja vacía,
para llenarla de la poca esencia que aún poseía,
pero YO tenía una botella de whisky
sin abrir
en la mano.
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