domingo, 28 de diciembre de 2014

Locura.

Decían que estaba loca
y yo era preso de su locura.
Bailaba con lobos a la luz de la luna,
y el sonido se fundía con su curva prodigiosa.

Formaba parte de un mundo
sin capa de ozono,
inexplorado
inexplorable,
y sus piernas
conducían a un abismo
lleno de éter, heroína y éxtasis.

Y yo caminaba entre sus cuerdas,
desafinando,
y al percibir su nota musical
ya era demasiado tarde.

Era capaz de engullirte vivo
era capaz de hacerte perder el juicio

Ya era demasiado tarde.
Compré lotería por navidad
y cobré mi premio:

Una camisa de fuerza
y una imagen onírica,
rozando la sobredosis
durante el resto de mi vida.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Es tiempo de.

Época de fiestas de pijama
y batalla de almohadas
rellenas de piedra volcánica
antracita y cuarzo.

Comidas y cenas
sin digestiones
y alcohol destilado
para quemar cuerpos
sin escrúpulos
y con bajas dosis de realidad.

Funambulistas sonámbulos
sobre una cama de nieve
fotografiada con 3 filtros estándar
y el reflejo cegador
que delata la inminente desidia
de una vida
cargada de objetos inertes
y organismos muertos
carentes de significado.

Es tiempo de sonrisas antagónicas
y abrazos vacíos
envueltos en una nebulosa
perdida entre los dedos de una mano
manchada de dinero
y salsa tártara.

La noche en la que el tripero barbudo
recubierto del color
de una compañía multinacional
reparte falsas ilusiones
y esperanzas invisibles
y banas,
todo ello envuelto
en un magnífico papel mache
áltamente inflamable.

Somos comida en grano
de animales cornudos
con nariz roja y patas peludas.

"Todos formamos parte 
del mismo montón de estiércol"

martes, 18 de noviembre de 2014

Creo.

Creo en Dios
y en su ira.
Creo en el odio sistemático,
en la alquimia superflua
de emociones estupefacientes.
Creo en la negación 
y en la muerte de El Yo
en la locura enfermiza
y en la graduación de 
bebidas alcohólicas.
Creo en la sangre 
que brota de una herida
provocada 
por algo llamado amor.
Creo en el deseo carnal
el instinto animal
en el juez y el verdugo
en el crimen y el castigo
creo en la soledad eterna
creo en el suicidio romántico
del XVIII.
Creo en la muerte
en las sirenas 
en su canto
y en la realidad fragmentada.
Creo en todo aquello
que cuesta creer,
menos en lo que algunos creen.
Creo que hay que creer.
Creo contigo
y sin ti.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Sin garantía.

Algún día 
venderemos nuestros ojos
por unos cuantos megas
y pelearemos con Gandhi 
por la clave wifi. 
Venderás a tu madre 
por un par de rallas
de cobertura. 
Follaremos a distancia 
y los orgasmos 
serán 
emoticonos sonrientes
sin preliminares 
y el cigarro de después 
un simple jajaja.
Regalaremos fundas de piel
humana 
para proteger 
lo más preciado de la humanidad.
Lo que posees 
acabará poseyéndote 
y dejarás un rastro
de sangre fresca 
para que el león 
que mordisquea manzanas
acabe llevándose consigo
tus pulgares con aloe vera.
Somos cadáveres 
en ataúdes de 6,4 mm
y pantalla de retina 
con vistas en primera línea 
del juicio final,
donde las llamas 
arderán sin filtros fotográficos.
Somos objetos 
con obsolescencia 
y financiación a tu medida,
sin intereses,
artesanía divina 
obra de Dios Todopoderoso,
con defectos de fabricación
sin garantía
y sin nadie alrededor
que nos actualice. 

domingo, 16 de noviembre de 2014

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Surrealismo

De las caricias
al polvo perverso.
Del sendero
al viaje eterno.
Nace, vive y muere.
Nace, bebe, fuma, muere
Nace, bebe, fuma, no ames, muere.
Nace
y
si quieres
muere. 
Un final con un camino
o un camino sin final.
De la llama de un hogar almibarado
a la centella ardiente y devastadora
de un fuego perpetuo
con quemaduras de tercer grado
y un orgásmico infinito
gracias al poder de la morfina.
A veces pienso en quemarme 
a lo gonzo
y perdurar en la memoria
de aquellos que lo presenciasen,
como el hombre 
que ardió al rojo vivo
por voluntad propia,
e iluminó la calle oscura
de una ciudad iluminada
e incendió la sangre de un oscuro corazón. 
Y desaparecer de un destello
casi divino
para llevarme al sueño eterno
entre éter y heroína
un recuerdo surrealista
y una mujer irreal. 

Azul oscuro casi negro.

Una estrella del rock
que muere a los 27 
por ahogarse en su propio vómito
con varios litros de vodka
corriendo por sus venas.
De mojarse los labios,
a la botella entera.
De oler perfume femenino 
a esnifar pegamento.
Somos la generación 
del ya veremos que pasa
y en realidad no pasa nada
salvo un par de pájaros 
que revolotean en la azotea
de un edificio con certificado energético. 
Somos la generación del
yo no soy así,
del soy diferente,
del "esto no lo hago con todos"
pero lo han hecho todo 
con alguien.
Admiro al vagabundo 
que comparte su amor por la bebida
de la puta que enseña el liguero
por amor al dinero
del borracho que vomita 
en la puerta de un museo contemporáneo.
Somos la generación sin amor
sin el todo
y con la nada. 
Sin el negro puro
el oscuro
el intenso
el que atrapa 
y no,
no es azul oscuro casi negro.

jueves, 23 de octubre de 2014

Incandescente.

Se posó en la barra del bar
como un asteroide 
que atraviesa la capa de ozono,
incandescente,
y me quemó las retinas 
mientras intentaba caminar
por la calle sin luces de su escote.

Ejercicio.

Expresaba ligereza
y una carga que ningún hombre podía soportar
por eso empecé a hacer ejercicio 
y a los pocos meses
la levanté hasta tocar el cielo.

Ardiendo.

Deambulaba entre sus cuerdas
prendida de un vaso medio vacío
y un cigarro sin encender.

Y entonces oí su voz 
y me acerqué para tocarla, 
los hielos se derritieron 
y al cigarro no le quedaba más humo.

Matrícula de honor.

Una vez conocí 
a una mujer fácil 
y me saqué una chuleta
del bolsillo del pantalón. 
Saqué un 9.

Y a la semana 
conocí a otra 
que según decían 
eran muy complicada 
difícil
de las que tendrían que llevar
manual de instrucciones,
pero nunca he sido 
de leer manuales
así que busqué entré sus piernas
y encontré el botón 
de las respuestas. 

Copiar es legítimo. 
Esto fue matrícula de honor.

viernes, 22 de agosto de 2014

¿Dónde está la suerte?

Era jueves
y fuimos a cenar
al restaurante de siempre 
del hombre gordo 
y la camarera sexy.
Nos sirvieron las bebidas
y cogimos la carta, 
y cuando me quise dar cuenta
ya tenía un trozo de tortilla
recién hecha
recorriendome el gaznate.

Bebí un poco de agua
y cogí un trozo de pan
y vi en la mesa de la derecha
a un joven con una cicatriz 
que recorría su cabeza de oreja a oreja.

Parecía como si alguien 
hubiese querido abrirle el cerebro
como una sandía. 
Eso me estremeció.
Mientras, mi madre me preguntaba 
si quería un poco más de ensalada. 

Me terminé el último trozo de tomate
y observé que la madre 
del chico con la cabeza de sandía 
le enseñaba algo en la pantalla del móvil.

Se reía, pero le costaba comprender 
lo que veía. 

A mi me trajeron las albóndigas,
y la camarera me guiñó un ojo
cuando pasó por delante. 
Siempre hemos tenido 
ganas de hacerlo juntos. 

Y antes de terminarme las albóndigas 
pensé...

No se porqué pienso que soy más afortunado. 

No abrí la boca el resto de la cena,
hasta que me tocó pedir la cuenta. 

lunes, 18 de agosto de 2014

Un cigarro a media noche

Eliges a tu víctima
sin preguntar 
y muere un inocente 
al azar
quemado vivo. 

La primera calada 
la mejor de todas.
El humo blanquecino
inunda el espacio
alrededor de tu rostro
y la llama aún se desliza
por el interior de tu bolsillo.

Inhalas la primera bocanada 
y los problemas comienzan 
a disiparse
entre una nebulosa artificial 
y las dudas arrancan 
a volar entre las partículas en suspensión 
del alquitrán
el monóxido de carbono
y la nicotina. 

Pero tras la tercera
o la cuarta calada, 
el recuerdo empieza 
a consumirte
como la pólvora 
del papel,
y te devora irregular,
aleatorio
sin un camino claro
o aparente. 

Atacas de nuevo 
y los labios 
empiezan a hacerse desear
casi en un estado 
sadomasoquista,
saboreando el canto de la muerte
que inunda tu boca,
atraviese la tráquea 
y enloquece tu alma. 

Ya queda poco para recordar
las caladas que no pudiste dar
y los cigarros que no fumaste 
por hipnotizarte con el tono su voz 
y el movimiento de los dedos
hacia su boca,
sosteniendo aquello que querías ser
y que fuiste por un tiempo.
La inundación de una necesidad 
efervescente y descontrolada,
tan etéreo,
tan lleno de vida 
y de muerte, 
sin importar el momento ni el lugar
tan sólo el movimiento de su boca
exhalando la fragancia nociva
pecaminosa 
y sensual 
altamente adictiva. 

La última calada
el crescendo final
y la presentación de todos los músicos 
de la filarmónica de Londres 
haciendo la reverencia 
hacia esta majestuosa 
y magnífica escena,
de un momento glorioso,
de apenas unos minutos, 
donde tu mundo se detiene,
para enterrar lo que no dijimos 
cuando nos fumamos
un cigarro
a media noche.

"Fumar perjudica gravemente la salud
y la de los que están a su alrededor"

lunes, 28 de julio de 2014

Aquella fiesta.

El otro día
me invitaron a una fiesta
y cuando llevaba dos cervezas
y cuatro cigarros
me di cuenta de que
todos los invitados estaban felices
iban bien vestidos
sonreían sin parar
y parecían perfectos.
Eran prototipos multifuncionales
con capacidad de sentir,
y mostrar felicidad
en cualquier circunstancia.
Y todo eso me hizo beber más,
y cabrearme,
porque yo sólo quería
encontrar una mujer peligrosa
y difícil
e imperfecta
que pudiera llegar a odiar,
y a hacerle el amor
como si nada me importara,
y al acabar volver a odiarla.

Y salí de aquella fiesta
empapado en alcohol
sin tabaco
sin conocer a nadie interesante
y tremendamente cabreado
por no haber encontrado
a algún hijo de puta al que querer matar
ni a alguna pequeña zorra
a la que poder odiar el resto de mi vida.

domingo, 27 de julio de 2014

1:53 Para siempre.

El viento nocturno
azota suavemente el pino canadiense
y puede oirse cómo alguna ráfaga
se cuela entre las calles y sus recovecos
produciendo un sonido
inquietante y atractivo.

Y más allá
las rodaduras
de los coches que circulan
por la carretera comarcal
en busca de una historia
con la que cerrar el fin de semana.

La luna no se ve desde mi ventana
pero sí el gris aterciopelado
de una noche olvidada
que en su momento fue algo
para recordar.
Y hoy no es más que eso,
noche.

Los vecinos probablemente duermen.
Yo sigo despierto,
escribiendo algo
que a nadie le importa
y que no tiene ninguna relevancia,
salvo el hecho de hacerlo
a las 1:53 de la madrugada,
mientras el mundo sigue girando
sobre sí mismo
y sobre el astro rey,
y alguien a quien no conoces
le invita a una copa,
sin preámbulos,
y tú sabes perfectamente
que nunca,
nadie,
tendrá suficiente dinero
para poder comprarla,
porque la belleza seductora
de la muerte
no tiene precio,
incluso para el que quiere
bailar con ella a la luz de la luna.
Sólo puedes esperar
a ser el elegido
y que ella misma venga a por ti,
o puedes recurrir al camino fácil
y meterte una bala entre ceja y ceja
porque ya no puedes más,
y quieres ser suyo
PARA SIEMPRE.

Y ahora recuerdo que yo
no giré la cabeza
cuando me despedí aquella vez.
Y que ahora volvería a hacerlo
sin dudar,
y volvería sobre mis pasos
para atrapar el instante
y no soltarlo jamás
hasta que me quemase en las manos
y muriera a lo gonzo
con el titular a la mañana siguiente:
"Joven muere tras aguantar demasiado
el fuego en sus manos"

Un bonito final
para una noche cualquiera.

Así empezó todo.

Soy un borracho.
No tengo dinero,
ni familia,
ni amigos.
Tan sólo soy un almacén de alcohol
una máquina de olvidar,
un ser humano que vive tirado en la puerta de algún bar de mala muerte
donde me fían todo lo que cae por mi garganta.
Soy un espectro de la noche
y un estorbo de día,
y me refugio al final de la barra
sobre un taburete de polipiel negro
desgastado
de aguantar durante demasiado tiempo
a tipos como yo.

Yo sólo quería recuperarla.

Me puse el traje azul,
reservé en el restaurante donde nos conocimos.
Estaba nervioso
y no podía parar de mirar el reloj
que colgaba de aquella esquina.
La esperé
fumándome un cigarro.

Y de pronto,
sonó el teléfono.
Sabía que era ella.
Pero no fue así,
y al otro lado una voz dura y fría
preguntó por mi.
Llamaron al último número que tenía marcado.
Un camión cisterna
pasó por encima de su pequeño coche rojo.
El conductor iba puesto de coca.

Así terminó todo
y así empecé a beber.

Yo sólo quería recuperarla.

sábado, 26 de julio de 2014

Reflejos matinales.

Haller sintió de nuevo la luz del sol sobre su rostro. Era una mañana fría y había escarcha en el marco de la ventana. Los rayos del astro rozaron sus ojos, y mientras se desperezaba e intentaba que sus articulaciones volviesen a funcionar, su madre preparaba café y los vecinos salían de su casa para empezar el día. Pero todo eso no importa. Sólo importa la lucha incesante por poner un pie en el suelo frío, entre las paredes de una habitación oscura que la luz comienza a devorar. A las 8 en punto, espasmódicamente, se destapó, arrojando el edredón de pluma nórdica a los pies de la cama. El
olor a café se coló por debajo de la puerta.  Le dolía la mandíbula, el estómago, y el ventrículo izquierdo, y había soñado con ella toda la noche. Su pies tocaron suelo, y un escalofrío le recorrió toda la espina dorsal. Salió al pasillo y el olor a café cada vez era más intenso, mezclado con unas notas de ilusión, odio y fogosidad. El baño estaba justo en la puerta de al lado, y entre algún que otro tambaleo y el pelo completamente desaliñado, entró despacio y casi de puntillas, sin una razón aparente. El baño estaba bien iluminado, las paredes eran de pizarra la natural y las toallas blancas y negras, y Haller se detuvo delante del espejo, apoyando las manos sobre la encimera blanca, y como si no reconociese su propia figura, se quedó mirando aquel reflejo matinal, sonriendo, y preguntando, sin hablar...:

"¿Volveré a soñar con ella?"

miércoles, 23 de julio de 2014

En la sala de espera.

Atravesé la puerta
y la amable señorita
de sonrisa interpretada
me tomó los datos.
Esperé en una de esas sillas incómodas
feas y desgarbadas,
el típico quiero y no puedo
de clínica privada. 

Me miró un par de veces,
y para la segunda vez 
ya tenía ganas de calzarle una hostia. 
El clásico tío sacado de una revista 
de decoración 
que te enseña su bonita casa 
en las afueras de Madrid. 
Le mataría. 

A su derecha una joven
acompañada de su madre
o su tía la del pueblo,
qué más da. 
Su camiseta de tirantes dejaba ver
los tatuajes
y los pantalones cortos 
se le subían cada vez
descubriendo alguno más.

Ya no sabía si matar al decorador
o follarme a la de los tatuajes. 

Por suerte la amable señorita llamó a consulta 
y a la chica con la mujer de compañía. 

Te ha tocado la peor parte 
amigo.

domingo, 20 de julio de 2014

La realidad cotidiana.

He salido a pasear,
en mitad del campo,
y mi compañía era el viento
la arena del camino
y algún insecto volador.

El campo no me inspira.

No me inspira el paisaje idílico
la naturaleza
o las lunas llenas.
Ni los arcoiris
ni todo aquello aparentemente mágico
romántico
o sacado de un poema de Robert Frost.

Me inspira el bebercio.
El llanto.
El dolor.
La crueldad.
El vómito.
Las ganas de más.

La realidad cotidiana.

El deseo carnal.
El sexo
y el cigarro de después
y el silencio de la mañana.
La idea de poseer a las mujeres
y las ganas de beber
ante la misma idea.

Los gatos plateados,
el miedo,
los polvos por compasión
y los besos robados.
Los labios rojos de carmín,
o de sangre.
Las marcas de las garras en su piel
o el sudor frío en mi espalda.

Los "tenemos que hablar"
la rotura de motor
y el humo invadiendo la calzada,
la muerte, tan bella como siempre
y su canto de sirena.
Los escotes de la blusa negra,
y las largas piernas,
de víbora
o de tigresa.

Hay razones suficientes
en la vida cotidiana.

Hay motivos suficientes
para volverse a despertar.

Hay que elegir cuando querer morir.


miércoles, 16 de julio de 2014

En frente.

Eran las 7:35 y el sol
me cegaba a través del cristal
cuando me dirigía al trabajo
por la calle de la carnicería
y del árbol seco.

Estaba jodido,
necesitaba echar un polvo,
y me dolía la mandíbula
de una pelea la noche anterior.
A veces pegas,
otras te dan.

Era cajero en un supermercado de barrio.
No soportaba demasiada responsabilidad,
pagaban bien, comías caliente
y mi jefe era un cabrón
de esos que alardea de serlo.
A veces le meaba en el depósito del coche,
y su mujer siempre estaba en bata
por la casa.
Era un hombre poco interesante.

A las 8:16 noté como el viento
me rozaba la carne
que asomaba entre el calcetín y el pantalón.
No levanté la cabeza.
Estaba contando monedas.

Oí a Larry gritar algo desde
las latas en conservas,
y un poco más tarde a Johnson
desde las cervezas de importación.
Se le cayó una caja al suelo.

Yo seguía contando monedas,
me faltaba poco.

Los de la carnicería, unos hermanos que entraron nuevos
la semana pasada, también graznaron.
Aquello que fuese lo que pasase
se acercaba hacia mi puesto de trabajo.

Acabé con las monedas y me puse
a recambiar el rollo de papel
de la caja registradora.

La cinta echó a rodar y con ella
un par de productos.
Una botella de té al limón
y una pequeña bolsa de almendras.
Me dolían los ojos, tenía resaca
y no levanté la mirada.
-Buenos días. - dije.
-Son 4,80.
Una mano fina y almibarada
me tendió un billete de 5.
-Su cambio, que pase un buen día.

El jefe me llamó, y me dio otra caja de monedas

Cuando terminé mi turno, todos hablaban de la chica
de las 8:16. Era mi ex, llevaba sin verla casi 15 años
todavía la amaba.

Los chicos siguieron hablando,
a veces sólo hay que levantar la vista del suelo.

martes, 15 de julio de 2014

Genios por amor.

De lo que no te habló tu madre
ni hablarás con tus amigos, amigas
o con el vecino que sube contigo
en el ascensor.

Los genios que no salen en los libros de historia
ni en la televisión,
ni en los periódicos municipales,
ni en los de tirada nacional.

Vagabundos
borrachos
locos
putas
y algún que otro ladrón de medio pelo
todos
y cada uno de ellos
dueños de la noche
artistas contemporáneos.

Porque han elegido salirse del rebaño
y ser parte de la calle
y llevar el Arte a las calles más oscuras
y a los callejones más profundos.

Y el Arte no será visto por nadie
más que por ellos,
porque el buen Arte es entendido
por muy pocos,
y para muy pocos.

El Arte de elegir otro camino
y evadirse de la ecuación común
y beber por amor a la bebida
o follar por amor al dinero.

Conozco a pocos seres humanos
que beben por amor
o trabajen por amor
o follen por amor.
Es algo kafkiano
y puede que pretencioso
pero los genios
a menudo
son incomprendidos.

Charco

La otra noche
ví a una mujer
de esas que quitan el hipo.
Llevaba un pantalón muy ajustado
y el culo se le marcaba
como un redondo de ternera
con la malla de nailon.
Estaría rellena de sangre y vísceras.
Sus andares eran insinuantes
y algo enfermizos,
y de repente tropezó con una piedra
blanca, de río,
y calló sobre un charco de agua
vómito, y orina.

No somos nada.
El alcohol puede hacerte amigo de un elefante rosa.

Así es el Arte.

Lucha contra lo evidente.
Nada a cotracorriente.
Pelea si hace falta,
sangra,
levanta la voz,
bebe whisky
si eso te hace más fuerte,
pero hulle de la ecuación común.

Elige cuando morir,
vuelve a fumar,
pierde la razón
pierde el sueño
pierde las llaves de tu coche
el de tapicería de cuero, navegador
y cargador de teléfono última generación,

No estés muerto antes de tiempo.
Rompe los cristales de tu habitación.
Colócate,
pierde la noción
llega tarde
no hables si no tienes nada que decir
y hazle el amor
hasta que llore de placer,
o hasta que llores alcohol.

Así es el Arte,
vagabundos de la noche,
y del día
y de la tarde.
Una mezcla de realidad
y de historia inventada.
Y no vivir de ello
no aprovecharse.
Porque las palabras se las lleva el viento
y las almas...
El infierno.


Cadillac solitario.


viernes, 4 de julio de 2014

Ser

Todos tenemos que ser algo.
Esa es nuestra condición humana
y no podemos huir de ello
por muy alto que volemos.

El perro es perro
y el gato es gato.
Incluso el animal más grande
y fiero de la tierra
tan sólo es eso,
animal.

Y la planta
el agua,
el aire,
el fuego,
el vino
son sólo eso.
Ser

Quiero ser todo
sin ser nada.

Quiero ser agua,
necesidad,
aletheia,
camino,
felicidad,
recuerdo,
palabra,
guerra
y paz.

Quiero ser ácido
éter,
droga,
sonrisa,
llanto,
lágrima,
abrazo,
beso,
placer,
dolor.

No quiero ser
como los demás.



jueves, 3 de julio de 2014

Cuchillas después de un baño.

Todo estaba listo.
Dejé la botella
sobre el borde de la bañera.
La mampara seguía empañada,
y yo todavía estaba mojado.
Me había dado un baño
después de 5 cervezas.

Me deshice de la toalla.
Estaba completamente desnudo,
frente al espejo,
crudo,
firme,
borracho.

El lavabo rebosaba
de agua fría
con sabor a cobre.
Tenía los pies machados de sangre
posiblemente de alguna de mis caídas
las noches anteriores,
o las mañanas siguientes
cuando iba a vomitar.

Abrí el cajón de la derecha.
Junto a un peine
con púas amputadas
y cabellos sueltos
encontré la caja de cuchillas
que solía utilizar.
Era la marca favorita de mi padre.
Ese viejo sabía como gastarse el dinero,
eran de muy buena calidad.

Saqué una,
envuelta en papel reciclado
marrón,
rugoso,
la cuchilla...
reluciente,
intacta,
perfecta.

Estaba listo.
Agarré la botella
y me la terminé de un trago.
Cogí el paquete de cigarrillos
que tenía sobre el inodoro.
Elegí a mi víctima.
Me lo fumé.
Lo consumé.
Lo apagué sobre el jabón de manos
que habría robado de uno de los hoteles
en los que había estado.

Me senté sobre el inodoro,
no había vuelta atrás.
Cogí la cuchilla,
con mi temblor habitual
y noté el frío de la hoja
a modo de escalofrío
recorriendo todo mi cuerpo
hasta la punta de los dedos de mis pies.
Estaba empapado en sudor.
El filo brilló ante mis ojos.
Apreté el brazo...
y corté la última espina de la rosa
que le había comprado
cuando salí del trabajo.

Aquella noche,
iba a jugármelo todo
a una carta.

miércoles, 2 de julio de 2014

Era

Era de esos que corría
sin saber muy bien a donde
con el jersey lleno de espigas
de haber estado buscando la pelota
entre aquellas plantas que pinchaban
que mordían
y que te miraban perdonandote
la vida.

Era de esos
que no lloraba
que prefería abrirse la cabeza contra el suelo
a golpe de herrero
y cabrear más a mis padres
porque llorando
rara vez conseguía algo

pero sabía que a mis padres
no les gustaba sentir a la muerte
cerca de mi.

Era de esos a los que no le importaba morir
porque creía que eso era cosa de mayores
y que jamás moriría
por muy alto que subiera.

Nunca moriré
eso es algo que sigo teniendo muy claro.

Era de los que apostaba fuerte
por darle un beso en la mejilla
a la niña de las pecas
de la clase de al lado.

Corría mucho
casi más que ahora
y si podía, empujaba a listo de las zapatillas nuevas
que corría más que yo
para llegar el primero
y darle un beso en la mejilla
a la niña de las pecas
de la clase de al lado,
o de la otra.

Me castigaron una vez
por arrancarle la cabeza
a un muñeco de la clase.
Aquel hombre no podía moverse
yo sólo intenté liberarle
la profesora era una auténtica zorra
y tampoco dejaba que su novio
que venía a recogerla en moto
se moviera.
Seguro que él también
querría arrancarse la cabeza.

Echo de menos aquellos años
cuando apostabas todo
todo o nada
sin reservas
sin avales
a vida o muerte
sin importar la altura
o el número de escalones
y todo por ser el rey del patio
el novio de la chica de las pecas
y el que más corría de la clase.

Qué cojones!!,
tendremos que morir algún día,
No?

lunes, 30 de junio de 2014

Como el fuego.

Me sentía un niño
delante de la chimenea
con la barbilla sobre las manos
y la mirada fija, inmóvil,
en el fuego.

Ardiendo salvajemente
abrasando todo lo que encontraba a su paso
estallando por los aires las esquirlas de madera vieja
en varios colores
azul, verde, añil, violáceo, amarillo, naranja
rojo.

Resonando con fuerza los chasquidos de las betas
mientras los troncos supervivientes se partían por la mitad
y los trozos se derrumbaban sin orden aparente
en un simple caos,
asombroso
hipnotizante
mágico.

Y yo seguía mirando
petrificado
atrapado por su llama,
su ligero tintineo,
su movimiento frágil, elegante
y sin la menor intención de irme de allí
y volver a casa.

Menos es más.

El amor es para los necios
para los de la servilleta en las piernas
los de las camisas de domingo
y los zapatos recién encerados.

Para los que parecen estar esperando algo
los que regalan rosas en los aniversarios
y se regalan el perfume del cartel publicitario.
Los que mastican con la boca cerrada,
beben combinados transparentes con cosas que flotan,
y cruzan por las rallas blancas.

Para los de restaurantes caros,
los que hablan de París sin conocer a Hemingway,
caminan como si alguien les estuviera observando
y dicen eso de..."cariño, me sientan bien estos pantalones?"

Para los que sonríen demasiado
y no hacen llorar lo suficiente.
Para los que no sudan de noche bajo las sábanas
ni dejan derretir los hielos sobre su espalda.

Los que gritan como si alguien les escuchara,
pasean de la mano con la otra en el bolsillo,
y sacan el paraguas cuando llueve.
Los que aparcan en línea o en batería
y ponen el ticket de dos horas.

Menos humo y más fuego

Menos besos en el parque
y más sustos por la noche.

miércoles, 25 de junio de 2014

Después.

Terminé el concierto, estaba empapado en sudor, la cabeza me daba vueltas y la mano derecha me sangraba, posiblemente de aquella botella de cerveza que abrí de un golpe contra el suelo.
Tenía la voz ronca, lo di todo, y la cerveza estaba muy fría, así que le di 3 ó 4 lingotazos a la botella de whisky que me había regalado mi representante. Era un gran tipo, algo maricón para alguien acostumbrado a echar de mi caravana a las mujeres  con las que me acostaba después de los conciertos.
Esa noche hacia frío, y yo seguía anestesiado por el alcohol y las anfetas, así que bajé del escenario sin ropa, eso les encantaba.
Mi camerino no era gran cosa, supongo que yo tampoco lo era, pero me sentía el rey cuando cogía la guitarra y ellas bailaban.
Y allí estaba, de negro, con tacones altos, lo suficiente como para no parecer un mujer baja a mi lado.
La rocé con el hombro, supongo que notó el sudor impregnado en su camiseta de los Doors. Apenas la miré, solía ignorar a las mujeres cuando iba borracho, eso les ponía cachondas.
Se llamaba Chloé, no me lo dijo, pero decidí llamarla así. Cuando cerré la puerta del camerino noté un escalofrío en la espina dorsal.
Los efectos parecían desaparecer. Miré por la mirilla para ver si seguía ahí.
Me encendí un cigarro, me senté en el suelo, apoyado sobre la puerta, y me lo fumé tranquilo. Creo que ella hizo lo mismo.
Cogí el paquete de Marlboro del suelo, y me fumé otro.
Escuché la chispa de su mechero al otro lado.
Me gustó. Me gustaba fumar. Me gustaba sentir a la muerte cerca de mi.
Miré el reloj. Eran más de las 2. Me tumbé en el suelo, boca arriba, mientras terminaba mi tercer cigarrillo. Me serví una copa, y con el vaso en la mano, abrí la puerta y allí estaba ella, apoyada sobre la pared del pasillo, mirándome, como esperando a que le invitase a entrar.
Lo hice. Tiré el vaso al suelo, le agarré de la cintura con el brazo izquierdo, y la mano derecha enmarañaba su melena negra mientras acercaba sus labios a los míos. No pronuncié una sola palabra, no me gustaba hablar, no había nada que decir. La besé, obligando a que abriera su boca para sentir su lengua con la mía. Tenía una boca inflamable. El cuerpo me ardía, pero tenía las manos frías.
Manché su camiseta de sangre, supongo que de la presión que ejercía sobre su espalda. Se la quité, la tiré al suelo. La cogí en brazos y la empotré contra el espejo del tocador. Las paredes eran de cartón, así que tembló todo el cuchitril.
No reconocí su tono de voz hasta pasados unos minutos, entre gemido y gemido.
Disfruté de aquel cuerpo enfermizo casi dos horas. Notaba el sudor cayendo desde el cuello, frío, helado.
Nos echamos sobre la cama de muelles que estaba pegada a la ventana. Entraba una ligera brisa por el marco de aluminio, se abrazó a mi, sentí el calor de sus manos en mi pecho. Nos fumamos un cigarrillo a medias. No dijimos nada, nos miramos, la volví a besar como si no volviese a verla.

Las anfetas y el whisky de Malta me habían abandonado, se levantó de la cama. Mientras se vestía, pude ver las marcas que le había dejado en la espalda, huella a huella, cada uno de mis dedos sobre su piel bronceada, pecaminosa, prohibitiva.
Su camiseta blanca manchada de sangre resbaló sobre su cuerpo desnudo, enmarcado en lencería negra, de encaje, se recogió el pelo, me miró, girando la cabeza, y deslizó una tarjeta sobre la cama.

Se marchó, y con ella mis noches en vela, mis cenizas de tabaco americano y mi alma podrida, cruda y negra.

Se cerró la puerta, me incorporé, y sólo pude terminarme la botella  y fumarme el resto del paquete.

T1 10:38

Equipaje de mano, pañuelo de seda
y esperando donde se abren las puertas
una familia nerviosa y ferviente
deseando abrazar al hijo que vuelve a casa.

Desde el mostrador 261
con traje azul y camisa blanca,
y un tono de voz insoportable y prepotente
pegando un sello en tu maleta llena de recuerdos,
sin la menor importancia.

Y al pasar el control de policía
sin más líquido que el de tu propio cuerpo
75% de agua, sangre y vísceras
el alcohol destilado de la noche anterior
y la bilis intragástrica, ácida, lava volcánica
por intentar olvidar los besos que te daba
húmedos, adictivos, cargados de metadona
endorfimas, y escalofríos al despertarte,
cuando te roza con su carne,
a las 8 en punto de la mañana.

martes, 24 de junio de 2014

El instante


Donde las manillas del reloj se paran
pero los taxis siguen recogiendo viajeros
y las nubes se mueven al compás del viento,
pasa alguien por tu lado,
desconocido callejero a estas horas de la noche
y esperas el momento en el que el mecanismo se acciona,
y la sangre se duplica en plena efervescencia
y saboreas el instante 
en la línea de fuego
en el que no importaría arder en llamas
y nunca,
jamás,
apagarte.

Campanario

Entre una humedad permanente
incesante
y altamente seductora
con ladrillo visto, devastado, casi derruido
y yo con zapatos nuevos
el pelo mojado
y la llamada lobuna acechando
esperando el momento
detrás del campanario
para clavarle las garras hasta que duela.

miércoles, 2 de abril de 2014

Quiero.

Quiero volver a nacer
y beber del ácido amniótico
cortar el cordón umbilical
que rodea mi cuello y no me deja respirar
luz,
verdad.

Quiero volver a nacer
y matar el Yo, aniquilarle
y beber del cáliz de vida
ofrendar mi Yo pasado, desangrado,
al Omnipresente, al dador de vida
y avivar las llamas del Apocalipsis
del presente y de la putrefacción.

Quiero volver a nacer
y comprarme unos zapatos nuevos
para pisar mi alma, patearla
y coger un bidón de gasolina
y un mechero escondido
en la chaqueta de lino,
y prender, y bailar sobre la pira
degustando el aroma a zapato nuevo
a perfume caro
y a putrefacto.

Quiero beber del agua eterna
comer del cuerpo,
y venerar la naturaleza
destruir mi derecho a la hipocresía
y hacer del todo la nada,
y de la nada el todo,
tener ojos para no ver,
manos para no coger,
y lengua para no hablar.

Quiero correr en la otra dirección
entre bolsas y objetos vivos
y trozos de carne inanimados
con software actualizado
con vidas muertas
y muertos en cajas de pino.


Quiero volver a nacer
y quitarme la vida.


domingo, 30 de marzo de 2014

Entre cigarros.

Era uno de esos días atípicos, desagradables. La luz natural se difuminaba entre una niebla anodina, sin ser lo suficientemente espesa como para forma un paisaje londinense, así que nos sentamos en la hierba, entre la bruma y el viento susurrante. 
Ella llevaba esa trenza que tanto me gustaba, que le caía de forma pícara sobre su pecho izquierdo, marcando el camino hacia una línea casi prohibida, hipnotizante, solo aconsejada para un gran funambulista.

Estuvimos hasta tarde, hasta cuando le entraba el frío. No tenía nada con que abrigarla, así que fuimos caminando hasta el restaurante. 
La cena no estuvo mal. La típica cena de dos, en pareja, en las que tienes que mantener la compostura y no mirar la falda corta de la camarera. 

Me habría gustado flirtear con ella, pero ese día sólo podía llevarme una mujer a la cama. Tuve su liguero en mi cabeza hasta que terminé el postre.

Apuramos las copas, nos miramos, con complicidad, mientras la morbosa camarera vigilaba desde su atril. Me excité. Cogimos nuestros abrigos y nos largamos de allí. 

Fumamos un cigarro a medias, yo lo estaba dejando, pero la tentación pudo conmigo. Seguramente habría cambiado aquel cigarro por montármelo con la camarera.

Paseamos hasta medianoche, pudimos sentir las campanas de la iglesia desde el portal. Antes del último tintineo ya sentí su lengua en mi boca. 
El ascensor no pudo evitar la subida. Estaba muy caliente, y no paraba de dajármelo claro cuando metía su mano en mis pantalones. No pude evitar pensar en el puto liguero de la camarera, negro, de encaje, de seda.

Abrí la puerta tras varios intentos. Sus brazos apenas me dejaban movilidad, la suficiente como para poder andar. Antes de llegar a la habitación, le arranqué el vestido de algodón que ocultaba su cuerpo perfecto, joven, bronceado, de caramelo. Aquello pareció excitarle mucho más, y me arrancó la camisa, mientras los botones se disolvían en el aire para perderse. Aquello me jodió, me gustaba esa camisa, pero el momento lo merecía. Nunca olvidaré lo bien que le quedaba después de haberlo hecho.

Su piel me erizaba el hipotálamo, mi corazón bombeaba gasolina, y su perfume me provocada un estado de embriaguez enfermizo y desconcertante. No me habría inmutado si la muerte hubiera aparecido con su guadaña.

Cogí el paquete de tabaco que guardaba bajo la cama, al que siempre recurría en estas ocasiones, y nos fumamos, esta vez independientes, un cigarro cada uno. 
No sabía quien era, no sabía lo que era, ni su nombre, ni su carrera, ni por qué sonría cuando le miraba las pecas, no tenía red social, ni identificación, ni cartera, ni tenía fotos con hastags, ni ninguna de todas las cosas que tenían las damas con las que yo trataba...

...y como si de la última calada se tratara, su figura se evaporó entre el humo del cigarro que había apagado minutos antes, mientras le miraba el cuello húmedo y su largo cabello levitando sobre su espalda.

No volvería a acordarme nunca más del liguero de la camarera.

jueves, 13 de marzo de 2014

Felizmente alcohólico

El otro día bebí whisky
con dos hielos
y una sombrillita que tenía su gracia,
incluso para aquel gaznate melancólico,
y pensé en lo mucho que me gustaba
pese a que ya era tarde, como siempre,
y empezaba a necesitar otra copa.

La camarera tenía un escote filarmónico,
la noche empezaba a animarse,
pero el hielo comenzaba a derretirse
y yo cada vez bebía más
más
más.

Me gustaba sentir el cristal de aquel vaso envejecido,
sobre mi mejilla derecha,
la que siempre ponía cuando ella salía del trabajo
y yo esperaba en el banco de la esquina
con otra botella de whisky en la mano.

Me pasé la mano por el bolsillo
y sentí que algo no había sido descubierto,
así que saqué aquello de lo que se tratara
y mis pulsaciones se aceleraron sin preguntar

era algo de opio, de la noche anterior.

Aquel papelajo me delató,
llamó a la puerta de mi subconsciente
con una 9 mm en la mano y una antorcha incombustible.
Era un trozo de la página que tanto le gustaba leerme
después de hacer el amor follar.

Mientras, la camarera se acercó a mi
me miró sin mirar,
desenroscó el tapón de una botella que ya me resultaba familiar
y me sirvió el último trago.
No fui capaz de sonreír, pese al agradable guiño que me habían dirigido
sus prominentes pechos.
Yo seguía pensando en la noche del 2 de marzo
cuando me arrancó el corazón
y me arrebató todo lo que quedaba de mi.

Todavía conseguía sostenerme,
estaba jodidamente cabreado,
pero no me importaba,
me dirigí a la calle que me llevaba de vuelta a casa,
paré en la pequeña licorería 24 horas
y compré la peor botella de whisky que encontré.
Giré la cabeza hacia el cristal
y vi como mi aspecto desaliñado se reflejaba en él
sonriendo como si nada importase,
y en ese momento
quizá por un halo de lucidez,
descubrí que era
felizmente alcohólico.

Ella seguía en mi cabeza
con una caja vacía,
para llenarla de la poca esencia que aún poseía,

pero YO tenía una botella de whisky

sin abrir

en la mano.

martes, 25 de febrero de 2014

****

Poesía descarada
de la que te mira a los ojos,
y se caga en tu puta madre si hace falta
con tal de salir a verte,
y dejarte con cara de idiota
sin impotarle lo más mínimo como te siente.

Y así deberíamos ser, todos,
ébrios
ébrios de verdad
ébrios de la más cruel de todas las verdades,
ébrios de fiereza, voracidad
ébrios de mujeres y vino
del instinto animal
del tigre enjaulado en una camisa barata, o cara,
cara, SÍ, con cara de niño con zapatos nuevos,
y una modélica sonrisa,
cuando lo que quieres es desgarrarle la ropa
a mordiscos
y zarpazos de fiera,
ébrio, borracho de VERDAD!!! de VIDA!!!

Eres un auténtico romántico disfuncional,
si crees que las cartas funcionan,
porque lo viste en aquella película,
en la del tío con el pelo negro y la rubia del vestido verde,
como tu cerebro que todavía espera en la rama de un árbol,
en plena efervescencia inocente y viva, y vivaz, y vitalista,
mientras vives una asquerosa dicotomía emocional
si te contesta, o no, antes de las 23:59.

Vuelvo a la ebriedad del momento y a esta pasión incontrolable,
al momento
de la aletheia,
del lobo estepario
del lobuno
del lóbulo occipital
del ahora
del no hay mañana ni ayer.

Cómo controlar algo que se nos escapa entre los dedos
entre las garras,
entre la dermis,
y que sale a borbotones
como un refresco caliente,
agitado,
con tanto que dar
y tan poco que recibir,
reproducir una pasión en el fondo de la clase
o encima de la mesa,
o en tu cabeza.

¿Por qué no decimos lo que sentimos?
Lo que queremos decir
sólo eso
lo que llevamos dentro después de tanto tiempo
lo que sabes que nadie le ha dicho
ni le va a decir
o por lo menos lo crees.
¿A caso Dios existe?
Contéstate a ti mismo, pero tú lo crees!!
Joder!
NO ES TAN DIFÍCIL
¿Por qué ponemos cadenas a un encadenado?
¿Por qué puertas al campo?
¿Por qué mentimos a un mentiroso?

Podría estar toda la noche
lamentando no vivir de verdad
y dirigiéndome a vosotros
como lo más pútrido y desgraciado de la raza humana
universal
de animales
en un reino animal
baladí,
mientras nos dedicamos a comportarnos como dicen que nos comportemos
vestir como dicen que vistamos
hablar como es debido
beber con responsabilidad
bailar lo que quieren que bailes
y amar como...
como...
Mierda, esta puta palabra no viene en el manual
de esto no me hablaron en aquella conferencia
no entraba en el master, era un workshop
era es la PUTA palabra de la que todo el mundo habla
eso que dicen que se espera
que viene solo
que no llega cuando lo esperas,
JODER! como el cáncer!!

Espero que esta mierda no me mate
conozco gente que se ha salvado,
pero cuando me llegue cupido con la flecha
me la sacaré de dónde dios quiera que ese maldito hijo de puta me la haya clavado
y se la clavaré tan fuerte que le atravesarán las alas,

como un mafioso
 con advertencias

"Yo controlo mi vida"

y si me pilla por sorpresa
habrá que aceptar la quimio.


(continuará)



                               
       

lunes, 27 de enero de 2014

Anacoreta 2.0

Ya ves, teléfonos de última generación en tu bolsillo
y eres incapaz de hablar con tu vecina
la de la falda corta
y las piernas largas.
Y parece que lo único que sabes hacer, maldito idiota
es escribir hashtags desde el ascensor, (#ganasdeviernes)
mientras tu vecina se sube un poco más la falda.

No serías capaz de ver ni un cometa destructor
a menos que pasase por la pantalla de tu android.
Tienes ojos porque te han tocado
y una boca y una lengua regalada.
Pero si ni te atreves a pedirle salir a la rubia del final de la escalera.
Tarugo.
Necio.
Decrépito hombre tecnológico.

Tienes razón, quizá lo más importante sean tus notificaciones de instagram
y la última conexión.
Reconócelo estúpido, matarías al ver que no contesta estando en línea,
como si todos tus problemas se resumiesen en 2 palabras "en línea"
pero correrías de miedo si tuvieses que decírselo a 1 metro de distancia.
Vives en un Reino Baladí, de monarcas con baterías de litio
y pseudointelectuales que tardan 5,34 segundos en buscar información
para llevártela al catre.                            Pero si no sabes ni a dónde llevarla a cenar.

Estás hecho de células y microchips que te han insertado mientras duermes
y cuando aceptes que eres un anacoreta 2.0 

te aceptarás.

lunes, 13 de enero de 2014

Mañana

Haiman se despertó minutos antes de que sonase la alarma.
La boca le sabía a metal.
Asomó la pierna izquierda por debajo de la sábana, como si tuviera prisa por tocar el suelo, ensartó su pie descalzo y frío en la pantufla mientras el otro graznaba aún sobre la cama, como si no formara parte del mismo cuerpo pálido.

73 segundos pasaron hasta que los 10 pequeños soldaditos pisaran el suelo, se dirigió al cuarto de al lado, y con un ojo todavía entornado por la claridad que llegaba desde el pasillo, se miró al espejo y dijo...:

"¿Hoy es el día, muchacho?"