Haiman se despertó minutos antes de que sonase la alarma.
La boca le sabía a metal.
Asomó la pierna izquierda por debajo de la sábana, como si tuviera prisa por tocar el suelo, ensartó su pie descalzo y frío en la pantufla mientras el otro graznaba aún sobre la cama, como si no formara parte del mismo cuerpo pálido.
73 segundos pasaron hasta que los 10 pequeños soldaditos pisaran el suelo, se dirigió al cuarto de al lado, y con un ojo todavía entornado por la claridad que llegaba desde el pasillo, se miró al espejo y dijo...:
"¿Hoy es el día, muchacho?"
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