domingo, 30 de marzo de 2014

Entre cigarros.

Era uno de esos días atípicos, desagradables. La luz natural se difuminaba entre una niebla anodina, sin ser lo suficientemente espesa como para forma un paisaje londinense, así que nos sentamos en la hierba, entre la bruma y el viento susurrante. 
Ella llevaba esa trenza que tanto me gustaba, que le caía de forma pícara sobre su pecho izquierdo, marcando el camino hacia una línea casi prohibida, hipnotizante, solo aconsejada para un gran funambulista.

Estuvimos hasta tarde, hasta cuando le entraba el frío. No tenía nada con que abrigarla, así que fuimos caminando hasta el restaurante. 
La cena no estuvo mal. La típica cena de dos, en pareja, en las que tienes que mantener la compostura y no mirar la falda corta de la camarera. 

Me habría gustado flirtear con ella, pero ese día sólo podía llevarme una mujer a la cama. Tuve su liguero en mi cabeza hasta que terminé el postre.

Apuramos las copas, nos miramos, con complicidad, mientras la morbosa camarera vigilaba desde su atril. Me excité. Cogimos nuestros abrigos y nos largamos de allí. 

Fumamos un cigarro a medias, yo lo estaba dejando, pero la tentación pudo conmigo. Seguramente habría cambiado aquel cigarro por montármelo con la camarera.

Paseamos hasta medianoche, pudimos sentir las campanas de la iglesia desde el portal. Antes del último tintineo ya sentí su lengua en mi boca. 
El ascensor no pudo evitar la subida. Estaba muy caliente, y no paraba de dajármelo claro cuando metía su mano en mis pantalones. No pude evitar pensar en el puto liguero de la camarera, negro, de encaje, de seda.

Abrí la puerta tras varios intentos. Sus brazos apenas me dejaban movilidad, la suficiente como para poder andar. Antes de llegar a la habitación, le arranqué el vestido de algodón que ocultaba su cuerpo perfecto, joven, bronceado, de caramelo. Aquello pareció excitarle mucho más, y me arrancó la camisa, mientras los botones se disolvían en el aire para perderse. Aquello me jodió, me gustaba esa camisa, pero el momento lo merecía. Nunca olvidaré lo bien que le quedaba después de haberlo hecho.

Su piel me erizaba el hipotálamo, mi corazón bombeaba gasolina, y su perfume me provocada un estado de embriaguez enfermizo y desconcertante. No me habría inmutado si la muerte hubiera aparecido con su guadaña.

Cogí el paquete de tabaco que guardaba bajo la cama, al que siempre recurría en estas ocasiones, y nos fumamos, esta vez independientes, un cigarro cada uno. 
No sabía quien era, no sabía lo que era, ni su nombre, ni su carrera, ni por qué sonría cuando le miraba las pecas, no tenía red social, ni identificación, ni cartera, ni tenía fotos con hastags, ni ninguna de todas las cosas que tenían las damas con las que yo trataba...

...y como si de la última calada se tratara, su figura se evaporó entre el humo del cigarro que había apagado minutos antes, mientras le miraba el cuello húmedo y su largo cabello levitando sobre su espalda.

No volvería a acordarme nunca más del liguero de la camarera.

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