con dos hielos
y una sombrillita que tenía su gracia,
incluso para aquel gaznate melancólico,
y pensé en lo mucho que me gustaba
pese a que ya era tarde, como siempre,
y empezaba a necesitar otra copa.
La camarera tenía un escote filarmónico,
la noche empezaba a animarse,
pero el hielo comenzaba a derretirse
y yo cada vez bebía más
más
más.
Me gustaba sentir el cristal de aquel vaso envejecido,
sobre mi mejilla derecha,
la que siempre ponía cuando ella salía del trabajo
y yo esperaba en el banco de la esquina
con otra botella de whisky en la mano.
Me pasé la mano por el bolsillo
y sentí que algo no había sido descubierto,
así que saqué aquello de lo que se tratara
y mis pulsaciones se aceleraron sin preguntar
era algo de opio, de la noche anterior.
Aquel papelajo me delató,
llamó a la puerta de mi subconsciente
con una 9 mm en la mano y una antorcha incombustible.
Era un trozo de la página que tanto le gustaba leerme
después de
Mientras, la camarera se acercó a mi
me miró sin mirar,
desenroscó el tapón de una botella que ya me resultaba familiar
y me sirvió el último trago.
No fui capaz de sonreír, pese al agradable guiño que me habían dirigido
sus prominentes pechos.
Yo seguía pensando en la noche del 2 de marzo
cuando me arrancó el corazón
y me arrebató todo lo que quedaba de mi.
Todavía conseguía sostenerme,
estaba jodidamente cabreado,
pero no me importaba,
me dirigí a la calle que me llevaba de vuelta a casa,
paré en la pequeña licorería 24 horas
y compré la peor botella de whisky que encontré.
Giré la cabeza hacia el cristal
y vi como mi aspecto desaliñado se reflejaba en él
sonriendo como si nada importase,
y en ese momento
quizá por un halo de lucidez,
descubrí que era
felizmente alcohólico.
Ella seguía en mi cabeza
con una caja vacía,
para llenarla de la poca esencia que aún poseía,
pero YO tenía una botella de whisky
sin abrir
en la mano.
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