y fuimos a cenar
al restaurante de siempre
del hombre gordo
y la camarera sexy.
Nos sirvieron las bebidas
y cogimos la carta,
y cuando me quise dar cuenta
ya tenía un trozo de tortilla
recién hecha
recorriendome el gaznate.
Bebí un poco de agua
y cogí un trozo de pan
y vi en la mesa de la derecha
a un joven con una cicatriz
que recorría su cabeza de oreja a oreja.
Parecía como si alguien
hubiese querido abrirle el cerebro
como una sandía.
Eso me estremeció.
Mientras, mi madre me preguntaba
si quería un poco más de ensalada.
Me terminé el último trozo de tomate
y observé que la madre
del chico con la cabeza de sandía
le enseñaba algo en la pantalla del móvil.
Se reía, pero le costaba comprender
lo que veía.
A mi me trajeron las albóndigas,
y la camarera me guiñó un ojo
cuando pasó por delante.
Siempre hemos tenido
ganas de hacerlo juntos.
Y antes de terminarme las albóndigas
pensé...
No se porqué pienso que soy más afortunado.
No abrí la boca el resto de la cena,
hasta que me tocó pedir la cuenta.
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