lunes, 18 de agosto de 2014

Un cigarro a media noche

Eliges a tu víctima
sin preguntar 
y muere un inocente 
al azar
quemado vivo. 

La primera calada 
la mejor de todas.
El humo blanquecino
inunda el espacio
alrededor de tu rostro
y la llama aún se desliza
por el interior de tu bolsillo.

Inhalas la primera bocanada 
y los problemas comienzan 
a disiparse
entre una nebulosa artificial 
y las dudas arrancan 
a volar entre las partículas en suspensión 
del alquitrán
el monóxido de carbono
y la nicotina. 

Pero tras la tercera
o la cuarta calada, 
el recuerdo empieza 
a consumirte
como la pólvora 
del papel,
y te devora irregular,
aleatorio
sin un camino claro
o aparente. 

Atacas de nuevo 
y los labios 
empiezan a hacerse desear
casi en un estado 
sadomasoquista,
saboreando el canto de la muerte
que inunda tu boca,
atraviese la tráquea 
y enloquece tu alma. 

Ya queda poco para recordar
las caladas que no pudiste dar
y los cigarros que no fumaste 
por hipnotizarte con el tono su voz 
y el movimiento de los dedos
hacia su boca,
sosteniendo aquello que querías ser
y que fuiste por un tiempo.
La inundación de una necesidad 
efervescente y descontrolada,
tan etéreo,
tan lleno de vida 
y de muerte, 
sin importar el momento ni el lugar
tan sólo el movimiento de su boca
exhalando la fragancia nociva
pecaminosa 
y sensual 
altamente adictiva. 

La última calada
el crescendo final
y la presentación de todos los músicos 
de la filarmónica de Londres 
haciendo la reverencia 
hacia esta majestuosa 
y magnífica escena,
de un momento glorioso,
de apenas unos minutos, 
donde tu mundo se detiene,
para enterrar lo que no dijimos 
cuando nos fumamos
un cigarro
a media noche.

"Fumar perjudica gravemente la salud
y la de los que están a su alrededor"

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