sin preguntar
y muere un inocente
al azar
quemado vivo.
La primera calada
la mejor de todas.
El humo blanquecino
inunda el espacio
alrededor de tu rostro
y la llama aún se desliza
por el interior de tu bolsillo.
Inhalas la primera bocanada
y los problemas comienzan
a disiparse
entre una nebulosa artificial
entre una nebulosa artificial
y las dudas arrancan
a volar entre las partículas en suspensión
del alquitrán
el monóxido de carbono
y la nicotina.
Pero tras la tercera
o la cuarta calada,
el recuerdo empieza
a consumirte
como la pólvora
del papel,
y te devora irregular,
aleatorio
sin un camino claro
o aparente.
Atacas de nuevo
y los labios
empiezan a hacerse desear
casi en un estado
sadomasoquista,
saboreando el canto de la muerte
que inunda tu boca,
atraviese la tráquea
y enloquece tu alma.
Ya queda poco para recordar
las caladas que no pudiste dar
y los cigarros que no fumaste
por hipnotizarte con el tono su voz
y el movimiento de los dedos
hacia su boca,
sosteniendo aquello que querías ser
y que fuiste por un tiempo.
La inundación de una necesidad
efervescente y descontrolada,
tan etéreo,
tan lleno de vida
y de muerte,
sin importar el momento ni el lugar
tan sólo el movimiento de su boca
exhalando la fragancia nociva
pecaminosa
y sensual
altamente adictiva.
La última calada
el crescendo final
y la presentación de todos los músicos
de la filarmónica de Londres
haciendo la reverencia
hacia esta majestuosa
y magnífica escena,
de un momento glorioso,
de apenas unos minutos,
donde tu mundo se detiene,
para enterrar lo que no dijimos
cuando nos fumamos
un cigarro
a media noche.
"Fumar perjudica gravemente la salud
y la de los que están a su alrededor"
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