Tenía la voz ronca, lo di todo, y la cerveza estaba muy fría, así que le di 3 ó 4 lingotazos a la botella de whisky que me había regalado mi representante. Era un gran tipo, algo maricón para alguien acostumbrado a echar de mi caravana a las mujeres con las que me acostaba después de los conciertos.
Esa noche hacia frío, y yo seguía anestesiado por el alcohol y las anfetas, así que bajé del escenario sin ropa, eso les encantaba.
Mi camerino no era gran cosa, supongo que yo tampoco lo era, pero me sentía el rey cuando cogía la guitarra y ellas bailaban.
Y allí estaba, de negro, con tacones altos, lo suficiente como para no parecer un mujer baja a mi lado.
La rocé con el hombro, supongo que notó el sudor impregnado en su camiseta de los Doors. Apenas la miré, solía ignorar a las mujeres cuando iba borracho, eso les ponía cachondas.
Se llamaba Chloé, no me lo dijo, pero decidí llamarla así. Cuando cerré la puerta del camerino noté un escalofrío en la espina dorsal.
Los efectos parecían desaparecer. Miré por la mirilla para ver si seguía ahí.
Me encendí un cigarro, me senté en el suelo, apoyado sobre la puerta, y me lo fumé tranquilo. Creo que ella hizo lo mismo.
Cogí el paquete de Marlboro del suelo, y me fumé otro.
Escuché la chispa de su mechero al otro lado.
Me gustó. Me gustaba fumar. Me gustaba sentir a la muerte cerca de mi.
Miré el reloj. Eran más de las 2. Me tumbé en el suelo, boca arriba, mientras terminaba mi tercer cigarrillo. Me serví una copa, y con el vaso en la mano, abrí la puerta y allí estaba ella, apoyada sobre la pared del pasillo, mirándome, como esperando a que le invitase a entrar.
Lo hice. Tiré el vaso al suelo, le agarré de la cintura con el brazo izquierdo, y la mano derecha enmarañaba su melena negra mientras acercaba sus labios a los míos. No pronuncié una sola palabra, no me gustaba hablar, no había nada que decir. La besé, obligando a que abriera su boca para sentir su lengua con la mía. Tenía una boca inflamable. El cuerpo me ardía, pero tenía las manos frías.
Manché su camiseta de sangre, supongo que de la presión que ejercía sobre su espalda. Se la quité, la tiré al suelo. La cogí en brazos y la empotré contra el espejo del tocador. Las paredes eran de cartón, así que tembló todo el cuchitril.
No reconocí su tono de voz hasta pasados unos minutos, entre gemido y gemido.
Disfruté de aquel cuerpo enfermizo casi dos horas. Notaba el sudor cayendo desde el cuello, frío, helado.
Nos echamos sobre la cama de muelles que estaba pegada a la ventana. Entraba una ligera brisa por el marco de aluminio, se abrazó a mi, sentí el calor de sus manos en mi pecho. Nos fumamos un cigarrillo a medias. No dijimos nada, nos miramos, la volví a besar como si no volviese a verla.
Las anfetas y el whisky de Malta me habían abandonado, se levantó de la cama. Mientras se vestía, pude ver las marcas que le había dejado en la espalda, huella a huella, cada uno de mis dedos sobre su piel bronceada, pecaminosa, prohibitiva.
Su camiseta blanca manchada de sangre resbaló sobre su cuerpo desnudo, enmarcado en lencería negra, de encaje, se recogió el pelo, me miró, girando la cabeza, y deslizó una tarjeta sobre la cama.
Se marchó, y con ella mis noches en vela, mis cenizas de tabaco americano y mi alma podrida, cruda y negra.
Se cerró la puerta, me incorporé, y sólo pude terminarme la botella y fumarme el resto del paquete.
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