Me sentía un niño
delante de la chimenea
con la barbilla sobre las manos
y la mirada fija, inmóvil,
en el fuego.
Ardiendo salvajemente
abrasando todo lo que encontraba a su paso
estallando por los aires las esquirlas de madera vieja
en varios colores
azul, verde, añil, violáceo, amarillo, naranja
rojo.
Resonando con fuerza los chasquidos de las betas
mientras los troncos supervivientes se partían por la mitad
y los trozos se derrumbaban sin orden aparente
en un simple caos,
asombroso
hipnotizante
mágico.
Y yo seguía mirando
petrificado
atrapado por su llama,
su ligero tintineo,
su movimiento frágil, elegante
y sin la menor intención de irme de allí
y volver a casa.
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