Donde las manillas del reloj se paran
pero los taxis siguen recogiendo viajeros
y las nubes se mueven al compás del viento,
pasa alguien por tu lado,
desconocido callejero a estas horas de la noche
y esperas el momento en el que el mecanismo se acciona,
y la sangre se duplica en plena efervescencia
y saboreas el instante
en la línea de fuego
en el que no importaría arder en llamas
y nunca,
jamás,
apagarte.
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