El viento nocturno
azota suavemente el pino canadiense
y puede oirse cómo alguna ráfaga
se cuela entre las calles y sus recovecos
produciendo un sonido
inquietante y atractivo.
Y más allá
las rodaduras
de los coches que circulan
por la carretera comarcal
en busca de una historia
con la que cerrar el fin de semana.
La luna no se ve desde mi ventana
pero sí el gris aterciopelado
de una noche olvidada
que en su momento fue algo
para recordar.
Y hoy no es más que eso,
noche.
Los vecinos probablemente duermen.
Yo sigo despierto,
escribiendo algo
que a nadie le importa
y que no tiene ninguna relevancia,
salvo el hecho de hacerlo
a las 1:53 de la madrugada,
mientras el mundo sigue girando
sobre sí mismo
y sobre el astro rey,
y alguien a quien no conoces
le invita a una copa,
sin preámbulos,
y tú sabes perfectamente
que nunca,
nadie,
tendrá suficiente dinero
para poder comprarla,
porque la belleza seductora
de la muerte
no tiene precio,
incluso para el que quiere
bailar con ella a la luz de la luna.
Sólo puedes esperar
a ser el elegido
y que ella misma venga a por ti,
o puedes recurrir al camino fácil
y meterte una bala entre ceja y ceja
porque ya no puedes más,
y quieres ser suyo
PARA SIEMPRE.
Y ahora recuerdo que yo
no giré la cabeza
cuando me despedí aquella vez.
Y que ahora volvería a hacerlo
sin dudar,
y volvería sobre mis pasos
para atrapar el instante
y no soltarlo jamás
hasta que me quemase en las manos
y muriera a lo gonzo
con el titular a la mañana siguiente:
"Joven muere tras aguantar demasiado
el fuego en sus manos"
Un bonito final
para una noche cualquiera.
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