jueves, 3 de julio de 2014

Cuchillas después de un baño.

Todo estaba listo.
Dejé la botella
sobre el borde de la bañera.
La mampara seguía empañada,
y yo todavía estaba mojado.
Me había dado un baño
después de 5 cervezas.

Me deshice de la toalla.
Estaba completamente desnudo,
frente al espejo,
crudo,
firme,
borracho.

El lavabo rebosaba
de agua fría
con sabor a cobre.
Tenía los pies machados de sangre
posiblemente de alguna de mis caídas
las noches anteriores,
o las mañanas siguientes
cuando iba a vomitar.

Abrí el cajón de la derecha.
Junto a un peine
con púas amputadas
y cabellos sueltos
encontré la caja de cuchillas
que solía utilizar.
Era la marca favorita de mi padre.
Ese viejo sabía como gastarse el dinero,
eran de muy buena calidad.

Saqué una,
envuelta en papel reciclado
marrón,
rugoso,
la cuchilla...
reluciente,
intacta,
perfecta.

Estaba listo.
Agarré la botella
y me la terminé de un trago.
Cogí el paquete de cigarrillos
que tenía sobre el inodoro.
Elegí a mi víctima.
Me lo fumé.
Lo consumé.
Lo apagué sobre el jabón de manos
que habría robado de uno de los hoteles
en los que había estado.

Me senté sobre el inodoro,
no había vuelta atrás.
Cogí la cuchilla,
con mi temblor habitual
y noté el frío de la hoja
a modo de escalofrío
recorriendo todo mi cuerpo
hasta la punta de los dedos de mis pies.
Estaba empapado en sudor.
El filo brilló ante mis ojos.
Apreté el brazo...
y corté la última espina de la rosa
que le había comprado
cuando salí del trabajo.

Aquella noche,
iba a jugármelo todo
a una carta.

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