y la amable señorita
de sonrisa interpretada
me tomó los datos.
Esperé en una de esas sillas incómodas
feas y desgarbadas,
el típico quiero y no puedo
de clínica privada.
Me miró un par de veces,
y para la segunda vez
ya tenía ganas de calzarle una hostia.
El clásico tío sacado de una revista
de decoración
que te enseña su bonita casa
en las afueras de Madrid.
Le mataría.
A su derecha una joven
acompañada de su madre
o su tía la del pueblo,
qué más da.
Su camiseta de tirantes dejaba ver
los tatuajes
y los pantalones cortos
se le subían cada vez
descubriendo alguno más.
Ya no sabía si matar al decorador
o follarme a la de los tatuajes.
Por suerte la amable señorita llamó a consulta
y a la chica con la mujer de compañía.
Te ha tocado la peor parte
amigo.
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