Eran las 7:35 y el sol
me cegaba a través del cristal
cuando me dirigía al trabajo
por la calle de la carnicería
y del árbol seco.
Estaba jodido,
necesitaba echar un polvo,
y me dolía la mandíbula
de una pelea la noche anterior.
A veces pegas,
otras te dan.
Era cajero en un supermercado de barrio.
No soportaba demasiada responsabilidad,
pagaban bien, comías caliente
y mi jefe era un cabrón
de esos que alardea de serlo.
A veces le meaba en el depósito del coche,
y su mujer siempre estaba en bata
por la casa.
Era un hombre poco interesante.
A las 8:16 noté como el viento
me rozaba la carne
que asomaba entre el calcetín y el pantalón.
No levanté la cabeza.
Estaba contando monedas.
Oí a Larry gritar algo desde
las latas en conservas,
y un poco más tarde a Johnson
desde las cervezas de importación.
Se le cayó una caja al suelo.
Yo seguía contando monedas,
me faltaba poco.
Los de la carnicería, unos hermanos que entraron nuevos
la semana pasada, también graznaron.
Aquello que fuese lo que pasase
se acercaba hacia mi puesto de trabajo.
Acabé con las monedas y me puse
a recambiar el rollo de papel
de la caja registradora.
La cinta echó a rodar y con ella
un par de productos.
Una botella de té al limón
y una pequeña bolsa de almendras.
Me dolían los ojos, tenía resaca
y no levanté la mirada.
-Buenos días. - dije.
-Son 4,80.
Una mano fina y almibarada
me tendió un billete de 5.
-Su cambio, que pase un buen día.
El jefe me llamó, y me dio otra caja de monedas
Cuando terminé mi turno, todos hablaban de la chica
de las 8:16. Era mi ex, llevaba sin verla casi 15 años
todavía la amaba.
Los chicos siguieron hablando,
a veces sólo hay que levantar la vista del suelo.
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