sábado, 26 de julio de 2014

Reflejos matinales.

Haller sintió de nuevo la luz del sol sobre su rostro. Era una mañana fría y había escarcha en el marco de la ventana. Los rayos del astro rozaron sus ojos, y mientras se desperezaba e intentaba que sus articulaciones volviesen a funcionar, su madre preparaba café y los vecinos salían de su casa para empezar el día. Pero todo eso no importa. Sólo importa la lucha incesante por poner un pie en el suelo frío, entre las paredes de una habitación oscura que la luz comienza a devorar. A las 8 en punto, espasmódicamente, se destapó, arrojando el edredón de pluma nórdica a los pies de la cama. El
olor a café se coló por debajo de la puerta.  Le dolía la mandíbula, el estómago, y el ventrículo izquierdo, y había soñado con ella toda la noche. Su pies tocaron suelo, y un escalofrío le recorrió toda la espina dorsal. Salió al pasillo y el olor a café cada vez era más intenso, mezclado con unas notas de ilusión, odio y fogosidad. El baño estaba justo en la puerta de al lado, y entre algún que otro tambaleo y el pelo completamente desaliñado, entró despacio y casi de puntillas, sin una razón aparente. El baño estaba bien iluminado, las paredes eran de pizarra la natural y las toallas blancas y negras, y Haller se detuvo delante del espejo, apoyando las manos sobre la encimera blanca, y como si no reconociese su propia figura, se quedó mirando aquel reflejo matinal, sonriendo, y preguntando, sin hablar...:

"¿Volveré a soñar con ella?"

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