He salido a pasear,
en mitad del campo,
y mi compañía era el viento
la arena del camino
y algún insecto volador.
El campo no me inspira.
No me inspira el paisaje idílico
la naturaleza
o las lunas llenas.
Ni los arcoiris
ni todo aquello aparentemente mágico
romántico
o sacado de un poema de Robert Frost.
Me inspira el bebercio.
El llanto.
El dolor.
La crueldad.
El vómito.
Las ganas de más.
La realidad cotidiana.
El deseo carnal.
El sexo
y el cigarro de después
y el silencio de la mañana.
La idea de poseer a las mujeres
y las ganas de beber
ante la misma idea.
Los gatos plateados,
el miedo,
los polvos por compasión
y los besos robados.
Los labios rojos de carmín,
o de sangre.
Las marcas de las garras en su piel
o el sudor frío en mi espalda.
Los "tenemos que hablar"
la rotura de motor
y el humo invadiendo la calzada,
la muerte, tan bella como siempre
y su canto de sirena.
Los escotes de la blusa negra,
y las largas piernas,
de víbora
o de tigresa.
Hay razones suficientes
en la vida cotidiana.
Hay motivos suficientes
para volverse a despertar.
Hay que elegir cuando querer morir.
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