La otra noche
ví a una mujer
de esas que quitan el hipo.
Llevaba un pantalón muy ajustado
y el culo se le marcaba
como un redondo de ternera
con la malla de nailon.
Estaría rellena de sangre y vísceras.
Sus andares eran insinuantes
y algo enfermizos,
y de repente tropezó con una piedra
blanca, de río,
y calló sobre un charco de agua
vómito, y orina.
No somos nada.
El alcohol puede hacerte amigo de un elefante rosa.
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